Vivimos en un mundo y en un tiempo en el que se han alcanzado unos niveles de desarrollo económico y tecnológico sin comparación en la historia de la humanidad. Es la época de la informática, Internet y las redes sociales. La mayoría de las personas del planeta tenemos acceso a un teléfono móvil con conexión a Internet y podemos conectarnos desde casi cualquier lugar. Algunos ahorramos para poder comprar el último modelo de iPhone que sacarán al mercado. Quedamos con nuestros amigos y familiares a través de Whatsapp, llegamos a nuestro punto de encuentro en un Cabify o un Uber y, si queremos picar algo durante la reunión, pedimos a Glovo, Deliveroo o a Just Eat y disponemos de nuestra comida en unos minutos. Compartimos el buen rato que pasamos con todo el mundo a través de Instagram. Nunca antes había sido todo tan fácil.
Quizá por ello sea aún más doloroso que todavía haya 821 millones de seres humanos que pasan hambre en el mundo. Hablamos de un 11,17 % de la población mundial. Personas cuya mayor preocupación es no saber si van a poder llevarse algo a la boca antes de irse a dormir, mientras nosotros nos lamentamos porque a alguien se le ha desinflado el suflé en MasterChef.
Nunca antes se habían producido tantos alimentos en el mundo y, sin embargo, el hambre sigue entre nosotros. Gran parte de este problema radica en un mal reparto de los recursos alimentarios, en la mala gestión de la cadena de producción y distribución de alimentos y en una falta de concienciación de los consumidores sobre esta cuestión. Para entender lo esperpéntico de la situación, bastan algunos datos extraídos de los informes de la FAO, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura:
Como hemos visto, el 40 % del desperdicio de alimentos se produce durante los procesos de producción y procesamiento de los productos. Otro 40 % se produce por los malos hábitos de consumo que se hacen en los hogares de todo el mundo. Si pensamos en todo el proceso que debe experimentar una pieza de fruta desde que se inicia su cultivo hasta que llega a nuestra mesa, nos haremos una idea de en qué momentos y situaciones se produce el desperdicio alimentario.
Pensemos en una simple manzana. Para empezar, solo para producir esa manzana necesitaremos emplear unos 125 litros de agua, invertiremos un trabajo y una energía en la preparación de los campos, en la recolección, etc. Si el cultivo sufre algún tipo de enfermedad o de plagas, estaremos perdiendo parte de la producción; durante la recolección de la fruta, se perderá otra cantidad importante de la cosecha por golpes y desperfectos. Después se seleccionarán las piezas y se desecharán las que no cumplan con los criterios de las empresas compradoras. Durante el transporte se dañarán otras tantas manzanas. Lo mismo sucederá si se almacenan para su consumo posterior en cámaras frigoríficas. Llegadas al punto de venta, deberán cumplir con los criterios estéticos que marque cada establecimiento. De las manzanas que lleguen a las estanterías de las fruterías y supermercados, tan solo una parte llegarán a venderse, siendo desechadas el resto según se vaya estropeando la fruta con el paso del tiempo. Las piezas vendidas, llegarán a casa de los consumidores finales, donde serán consumidas en el mejor de los casos. Sin embargo, otra parte de la producción se echará a perder olvidada en el fondo del frigorífico y terminará en la basura.
Entendiendo el proceso de producción y distribución de los alimentos es relativamente fácil darse cuenta de que hay muchos agentes involucrados en el desperdicio alimentario, por lo que combatirlo debe ser responsabilidad de todos. Los gobiernos y las instituciones deben promover campañas de concienciación dirigidas a los consumidores y deben establecer marcos legales que ayuden a evitar el desperdicio de comida. Los productores de alimentos, las empresas de logística y transporte, las superficies de venta y todos los eslabones de la cadena de distribución de alimentos deben también poner de su parte para atajar el problema.
Pero, sin duda alguna, la mayor capacidad de evitar o de reducir el desperdicio de alimentos está en la mano de los consumidores finales. Y es que en una sociedad imperfecta en la que muchas veces somos considerados consumidores antes que ciudadanos, nuestra capacidad de acción individual está a menudo limitada, pero nuestro poder para modificar el mundo a través de un consumo responsable es muy grande. Por ello, vamos a ver una serie de consejos que pueden ayudarnos a reducir el desperdicio alimentario a través de nuestros hábitos de compra y de gestión de los alimentos que consumimos.
Algunos serían:
Como vemos, reducir la producción y el consumo de alimentos para evitar el despilfarro de comida no requiere de un gran esfuerzo por nuestra parte. Basta con que seamos conscientes de lo que cuesta producir la comida con la que nos alimentamos, que modifiquemos algunos de nuestros hábitos de compra en consecuencia y que le demos a la comida el respeto que se merece. A ella y a esos más de 800 millones de personas que, a diferencia de nosotros, no tienen la posibilidad de disfrutarla en sus platos cada día.
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